miércoles, 6 de mayo de 2015

Las Moroaventuras en el Metro

Ayer en la mañana estuve a punto de agarrarme a putazos con uno de los muchachos sermoneadores que ofrecen el panfleto El Salto en el metro. Ya los conocen, son esos morros que se suben a regañar a gente que no conocen porque seguramente no piensan como ellos que han sido iluminados por la verdad y la belleza.
Ellos llegan con una bocinita, una impecable autoridad moral de izquierda y avientan una diatriba contra el mal gobierno, las malvadas empresas y la gente que va en el vagón porque asumen que se la pasan pegados a la televisión y que no leen nada.
Pero por la módica cantidad de 10 pesos 10 se pueden llevar su publicación tendenciosa que es la panacea para derrocar al malvado Peña Nieto (¡Císcalo, císcalo, diablo panzón).
El caso es que me los topo siempre que uso el metro y me limito a ignorarlos como a cualquier otro palabrero regañón o vagonero molestoso (a los bocineros sí me les quedo viendo feo y hago como que les tomo foto, a veces funciona para que se alejen rapidito, aunque temo que un día me la harán de pedo).
Pero este chamaco no permitió que lo ignorara. Pasó detrás de mí en el pasillo entre los asientos de línea 2 refunfuñando porque nadie en el vagón le pedía la iluminación de su panfleto.
¡Vaya! Soy un hombre, digamos, evidente. Mi tamaño y mi apariencia hacen que me sea difícil pasar desapercibido. Por eso sé que la mayoría de los vagoneros suelen pedir permiso para pasar con su mercancía cuando estoy en su paso. Es lo mínimo de cortesía que pueden tener.
A este mocoso le valió madre, pasó y ya. Llegamos a la estación, entró un viejillo con bolsas y ocupó un asiento que estaba a mis espaldas. Mientras el señor se acomodaba el chamaco venía de regreso y comenzó a hacer ruidos impacientes por la lentitud del anciano y las bolsas que estorbaban al paso.
Así que decidió abrirse camino por sus propios medios y me dio un empujón con el hombro y con el codo me ladeó el sombrero…
Uno puede aguantar muchas cosas, pero no que le ladeen el sombrero. (En realidad con el empujón bastaba para hacer lo que hice). Lo empujé hacia el área de las puertas y le dije, con mi voz de papá culero, «Se dice compermiso».
El chaval peló los ojos, intentó decir algo, pero no lo consiguió. Sólo caminó hasta las otras puertas sin dejar de mirarme con miedo y rencor. Quería decir algo, pero no se atrevió. Yo me quedé esperando que lo hiciera, era su turno… pero no lo hizo.
Llegamos a Viaducto y se bajó en chinga… Se quedó en el andén esperando al metro que iba para el otro lado sin dejar de verme. Yo  pensé en bajarme, pero no era mi estación y la neta es que iba un poco tarde.
No he sido del todo honesto. Mientras esperaba que él dijera algo yo estaba pensando qué decirle y la neta es que no supe qué decirle. Eran tantas pinches cosas que llegaron sin orden a mi cabeza mientras él me miraba temeroso. Cuando se cerraron las puertas en Viaducto me dio l’esprit de l’escalier, esa sensación de «¡Ay, le hubiera dicho…»
Le hubiera dicho que regañar a la gente no suma adeptos a su causa. Que su publicación también es tendenciosa y manipuladora como Televisa, pero pa’l otro lado. Que él y sus amigos no son Flores Magón ni están cambiando nada. Que la Revolución se hace a putazos y no con panfletos.  Que él alimenta a una mafia terrible que genera caos en el metro con el apoyo de las autoridades corruptas que dice detestar.
Así que si una vez escuchan que a uno de estos niños héroes de la nueva patria se la hizo de pedo un cerdo capitalista que seguramente no lee nada,
un imbécil violento que indudablemente se la pasa pegado a la televisión,
un macho analfabeta que sin duda trabaja para un emporio maligno
y que el heroico vocero de la verdad tuvo que soportar las embestidas fálicas de una mirada heteropatriarcal con la pureza de su corazón y la bondad de sus ojos,
sepan que fui yo.








Yo tomé todas las fotos, excepto la mía, que la tomó mi mujer.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Las Moroaventuras sobre ruedas

Hace un par de semanas me enteré que las bicicletas no deben circular por camellones. Me hubiera gustado saberlo antes, cuando caminaba todos los días sobre Alfonso Reyes y tenía la sensación de que estaba invadiendo una ciclopista en La Condesa. Me parecía lógico pensarlo, los automóviles tienen el arroyo, los peatones tenemos la banqueta y los cletos podrían utilizar libremente el camellón (carajo, aún me parece lógico pensarlo). Además las estaciones de Ecobici están sobre ese camellón, es natural que uno sienta que invade algo que no le pertenece mientras camina cómodamente bajo los árboles en lugar de sortear banquetas rotas, raíces de árboles y entradas de vehículos de gente más importante que tú. Así de acomplejado es uno, perdón… (y perdón por pedir perdón).

El caso es que hace un par de semanas me enteré que las bicicletas no debemos circular por camellones y, respetuoso que es uno, desde ese día voy rodando por el arroyo en la carrera suicida contra el que trae coche y prisa. Porque soy peatón y metronauta, pero en las mañanas me convierto en cleto para atravesar Hipstertitlán (aka: La Condechi) con la magia de Ecobici. Uno pensaría que en esta zona los vehiculeros están más sensibilizados a compartir la vía con los inmamables ciclistas. A fin de cuentas, cuando la convivencia es continua termina imponiendo la norma.


Aun así esto me parece demasiado mame.

Hay unos que sí y otros que no, como siempre. Hoy por la mañana venía plácidamente pedaleando cuando a wild camión de la basura appears! en mi camino. El camión estaba estratégicamente posicionado para estorbar con toda la eficacia que le permitía la calle, su tamaño y su labor indispensable para la ciudad. Aprovechaba una entrada, el arroyo, los autos estacionados y sólo dejaba un espacio calculado para que pudieran pasar los coches sin tener que recibir mentadas de madre y claxonazos. Un genio moderno justo frente a mí. No tenía manera de sortearlo, comencé a bajar la velocidad y estaba dispuesto a hacer un alto total porque en el carril que tenía el paso libre venía un automóvil y hubiera sido estúpido e irresponsable de mi parte invadir su camino por pensar que ese hombre no merece la venia de una senda libre por venir sentado en esa máquina de la muerte mientras que yo, un prohombre consciente, ecológico, un ser elevado, un ente superior, debe detener su rodada y esperar.

Pasó algo que no esperaba, el conductor me cedió el paso. Neta era lo más humano, lo más lógico, lo más amable. La bicicleta aprovecha el impulso, la inercia, aprovecha el movimiento para mantener el movimiento y la fuerza depende de un par de piernas. El automóvil también, pero el esfuerzo del conductor es nulo, consiste en mover el tobillo. Se lo agradecí con un gesto y le eché galleta para poder pasar el camión y dejarle el paso libre. Lo mínimo que me correspondía. Seguí mi camino.



Más divertido que ver el osito en el carrito. (Foto: Picho).

Pasando Tamaulipas (donde está la gloriosa esquina donde se pone Cata con sus deliciosas tortas de chilaquiles… y la iglesia donde mis padres se casaron), Alfonso Reyes parece adelgazar un poco, siento que los carriles se hacen más estrechos y siempre hay una fila de autos estacionados que deja sólo un carril para circular. Entre los vehículos aparcados que no se moverán y los vehículos detenidos que esperan la luz del semáforo para moverse libremente queda el espacio suficiente para que una bici o una moto circulen sin broncas. Y ahí iba yo, circulando sin broncas, sin prisas. Aún pensaba en el sencillo acto de buempedismo anónimo que me acababa de beneficiar.

En eso un taxi da vuelta y se incorpora a Alfonso Reyes, pero sépase que el conductor no era uno de esos idiotas convencionales que siguen las reglas, ¡no! Este nuevo personaje era todo un artista de la revolución, de los que ya no hay. Considerando que era demasiado mainstream circular en la fila de vehículos de peso considerable, este artífice del volante decidió circular sobre el canalillo que se forma, así evitaba depender de la corriente para avanzar… un poco. Ya establecí que es pequeño el espacio, un auto no cabe bien esa parte, sí, avanzaba un poco y se frenaba pocos metros adelante ¿por qué? ¡Por que no cabe un puto coche! Pero el pinche aferrado no dejó el puto espacio, consideró que era más importante que él avanzara lentamente y joder a, digamos, un gordo ecobicicletero parándose cada 20 pinches putos metros. Uy, putamadre, no te vayan a ganar tu lugar en la fila derechito a la verga. Así avanzamos lentamente durante un buen rato porque el cabrón no dejaba espacio alguno para poder escabullirme.

A punto de llegar a Mazatlán pude hallar un espacio para ratonearle y poder rebasar al caballero. Me escurría entre él taxi y otro vehículo cuando descubrí que el tipo tenía la ventana abierta, al pasar a su lado proferí con melodiosa voz un sencillo “Ah, como estorbas, cabrón” y seguí mi camino. Nunca lo hubiera hecho. Sospecho que algo no funcionaba bien con sus oídos y que donde yo dije que estorbaba él entendió que su madre era tan pendeja que lo cagó en lugar de haberlo parido. Primero el cabrón me tailgateó lo que pudo de Mazatlán a Pachuca. Llegado a este punto ya no pudo porque había más autos, pero me mentó sonoramente la madre con el claxon. Para cruzar Patriotismo se hace un entramado chingón porque la mayoría de los vehiculeros piensan que podrán pasar y entorpecen chulísimo el tránsito. Yo pude pasar, él se quedó del otro lado.

Continué mi ruta, atravesé Patriotismo, Circuito Interior, Pedro Antonio de los Santos y entré a la San Miguel por José María Tornel donde hay un carril, ahora sí, exclusivo para bicicletas. En eso *pausa dramática, cambia la luz, todo oscurece, la música genera tensión en el ambiente* se me empareja el pinche taxista e intenta invadir el carril, unos topes como los del Metrobús se lo impidieron. Pero ahí iba el muy orondo. Aprovechó la ausencia de topes en la entrada de una casa para cerrarse frente a mí y yo lo esquivé sencillamente sin dejar de pintarle dedo al pasar frente a él. Se arranca de nuevo y que sigue gritándome mamadas, emparejándose, siguiéndome. Di vuelta en Protasio Tagle y esperé que el tipo diera por terminada su cacería y se siguiera de largo (yeah, sure!), el cabronazo me seguía y mentaba madres, exigía que me detuviera. Yo me seguí de largo. Al llegar a la esquina con General León le hice creer que seguía derecho y viré en el último minuto. ¡Pos se detuvo, se acomodó y giró detrás de mí! En esa cuadra está la estación donde dejo la bici todos los días, pero sabía que no era inteligente bajarme ahí. Me seguí. El tipo me aventaba la nave y yo me tuve que subir unos metros a la banqueta para escabullirme. Yo la tenía fácil, volvía a Pedro Antonio de los Santos, que es una avenida amplia y con cierto tránsito, bastaba girar a la izquierda y meterme en sentido contrario para que el imbécil se rindiera. ¡Pues el muy cafre se metió también en sentido contrario todo por apañarme! Jamás me había sentido tan importante para alguien. Ahí se me emparejó y como quedaba de su lado me alcanzó a agarrar la chamarra. Yo le di un chingadazo con la mano y debe haberle dolido porque a mí me quedó punzando y él me soltó. En Gómez Pedraza giré de nuevo a la izquierda para meterme a la colonia mientras pensaba qué carajos hacer. Tomar ruta a mi trabajo era una estupidez porque vería mi destino y yo debía dejar la bicicleta, no podía quedármela. Giré de nuevo a la izquierda en Protasio Tagle, pasando frente a él de nuevo y de nuevo pintándole dedo. Esta vez tenía la ventaja de que me metía en sentido contrario y también es una calle con cierto flujo vehicular. ¡Pues se volvió a meter en contrasentido! Pero se la peló porque había una larga fila de coches que le impidieron el paso. Un camionero estacionado cerca me preguntó por qué me seguía, supongo que nos había visto desde antes. "No sé, pinche loco” alcancé a gritar. En General León giré a la derecha, de nuevo en contraflujo, era lo más seguro para mí. Volver a la estación de siempre lo consideré insensato por la cercanía. Crucé General Cano, di vuelta a la derecha en Tiburcio Montiel, de nuevo en Gómez Pedraza y dejé la bici en la estación de ahí ligeramente cagado de miedo y lleno de adrenalina. Mirando con recelo cada puto taxi cerca de ahí. No estaba. No estuvo. Será que en algún momento se rindió o quizá estuvo un rato rondando la colonia. No sé. Pinche loco. Qué falta de respeto, qué atropello a la razón.


La línea azul marca mi trayecto desde que el taxista venía estorbando.

Somos unos salvajes de mierda. Quisiera tener otra pinche reflexión, pero no. Somos unos salvajes de mierda que se creen superiores al resto de la salvajada.

viernes, 27 de junio de 2014

El Hombre Detrás de la Cortina



Claro que puedo ser tu superhéroe
y bajarte la estrella que me pidas.


Si quieres puedo correr más rápido que nada,
ser el más fuerte de los fuertes
y tan grande como quieras que parezca.


Puedo curar tus heridas con saliva,
incluso los raspones del corazón,
también puedo reparar las fugas de tus ojos
y enseñarte a volar como globo de papel.


Yo te puedo conceder más de tres deseos.


Puedo ser el mejor mago de todos
el que aparece la luz a media noche,
el que ahuyenta a los monstruos del ropero,
el que multiplica el pan y las tortillas.


Puedo ser el más listo,
el más valiente,
el más amoroso...


o simplemente el que te lleve a casa
todas las noches.


Sólo te pido un favor:
ignora al hombre detrás de la cortina.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Un Vaso de Agua

En estos días he visto una gran cantidad de gente encabronada y desilusionada por ver a Bob Dylan en el comercial de Chrysler en el medio tiempo del Super Bowl XLVIII.

¡Traidor! ¡Judas! ¡Vendido! 

Dejemos de lado lo bonito que está ese comercial, si fuera gringo me habría sacado una lagrimita. Es más imagino que muchos de los detractores desilusionados tuvieron una erección hasta que vieron la firma de Chrysler. Entonces lanzaron los reproches:

"¿Bob Dylan haciendo un anuncio de coches? No es un buen día para América".
"Bob Dylan le mentó la madre a quien quiso, ahora puede volverse senil y loco".

El joven Bob Dylan está triste porque ya le dijeron lo que hizo el viejo Bob Dylan.

La razón: a la gente no le gusta descubrir que su ídolo piensa distinto a ellos. Gente que se rasga las vestiduras y se corta las venas porque descubre que su ídolo no comparte su escala moral. Solemos atribuir nuestros valores a otra persona sin conocerla. Así nos relacionamos con el mundo, nos formamos una idea de lo que nos rodea y cuando descubrimos que las cosas no son así respondemos a nuestra propia frustración alegando una traición imaginaria a una lealtad que sólo existía en nuestra cabeza.

"Quita esa rola, me caga Bob Dylan por pinche vendido" es la consecuencia más elemental de esta desilusión. Aún si fuera cierto que el Bob Dylan real piensa igual al Bob Dylan imaginario ¿qué pinche culpa tienen sus canciones?

Este fenómeno se llama metonimia, las propiedades de una cosa o idea son transferidas hacia otra por la relación semántica entre ellas. Nuestro lenguaje está plagado de estas asociaciones: "Regálame un vaso de agua", "Los puños de la camisa están muy percudidos", "Subastaron un Pollock", "¿Por qué lees a Sabines? ¡Era priista!".

Se me ocurre un ejemplo algo burdo que muestra claramente lo absurdo y cotidiano de estas asociaciones: Supongamos que un amigo mío fue entambado, digamos que, en el Reclusorio Norte sin culpa alguna y que por lo mismo fue liberado. Supongamos que al salir me dijo: "Está de la verga, manito y te advierto de una vez que si te veo en una patrulla voy a hacer como que no te conozco y espero que tú hagas lo mismo conmigo o con cualquier otro compa". Supongamos que le pregunté por qué y supongamos que me contó que en el reclu conoció a uno de los músicos de la Orquesta Guayacán, como suponemos que mi amigo es músico supongamos que encontraron afinidad y que platicaron ahí dentro. Supongamos que el muchacho de la orquesta está en chirona porque un amigo suyo estaba en una patrulla y pasaron cerca del músico, a este se le hizo fácil saludarlo y a los policías se les hizo fácil parar la patrulla y detener también al músico. Ya en la patrulla conoció a un tercer sujeto, conocido del segundo, que estaba cambiando una llanta, pasa el amigo del músico y al ver a su compa en la faena le ayudó a cambiar la llanta... lo malo es que no era el  coche de ninguno de los dos. Pasó la patrulla y al ver a estos tipos robando llantas, pues los treparon. ¿Qué tiene que ver el músico de la Orquesta Guayacán? Pues nada, pero saludó a su amigo samaritano y los tres cayeron en el bote.

Absurdo ¿no?
¡Pues así se ve la gente que confunde los ideales con la vida del artista y a la persona con su obra! Sostengo que para emitir una crítica debemos analizar a la obra por sí misma, sin permitir interferencias de lo que sabemos o suponemos del creador. Estas influyen directamente en el gusto y la anécdota de una obra puede enriquecer nuestra admiración, pero estaremos parados en el campo de lo hipotético y construyendo una figura ficticia que se adapta y responde a nuestra ideología. Cuando llegamos a descubrir que la verdad es otra lo que se rompe es la relación que nos inventamos con lo admirado, no la persona, no la calidad de su obra.

Somos seres en construcción permanente, me siento estúpido al tener que escribirlo. Es muy iluso creer que la forma de pensar de alguien permanecerá intacta con el tiempo y es muy triste que nuestro aprecio por la obra o hechos de alguien dependan de la forma en que imaginamos que ese alguien concibe al mundo, es dejar de lado nuestro propio criterio estético. Ni qué decir de la forma en que amamos cuando nos enamoramos de alguien que sólo existe en nuestra cabeza.

"¿Cual es tu película favorita de Woody Allen?"
"El joven Bob Dylan vomitaría en la boca del Bob Dylan viejo por hacer anuncios de coches".
"Yo aventé mis discos de Cat Stevens por la ventana cuando se se hizo musulmán".
"Los poemas de Papasquiaro eran pura mamada, su mamá le mandaba un cheque cada mes".
"No me gustan las canciones de Silvio Rodríguez porque es de los pocos cubanos que tienen dólares para pagar su taxi".
"Recapacita, Justin, recapacita".
"Me caga cómo escribe ese Miauricio porque se ve que es bien mamón".

Me topo con estas expresiones a cada rato y aún no entiendo qué tiene que ver el contenido con el continente.


A Bob Dylan le vale verga tu opinión porque tiene un sombrero chingón.

jueves, 28 de noviembre de 2013

El Chocolate


Víctor llegó corriendo con su jefa a enseñarle la boleta tapizada de dieces y esporádicos nueves rebeldes que lograban una malograda constelación, se encontró a la matriarca de su casa calentando los fríjoles y cuidando que el arroz no se pegara a la olla porque luego cuesta mucho trabajo lavarla. ¡Miramamá, mamamira! La doña, acostumbrada a lo mismo cada fin de mes, se limitó a darle un lacónico “F e l i c i d a d e s” sin despegar los ojos ni la hueva de su rutina de señoramadresposirvienta, pero el mocoso la sacó del trance cuando le pidió tres pesos para un chocolate… (¡Mocos!) Después del chingadazo vino el sermón, que no hay dinero, que la pobreza, que el marido, que los cuatro hermanos, que los deberes, que el mérito, que la inconsciencia del escuincle. ¿Y ora por que quieres un pinche chocolate? Por nada, mami, perdón, tienes razón… si nomás es mi cumpleaños.